manos campesino

La muerte de un Abuelo

Hace poco escuché en algún lugar que cada vez hay menos respeto y consideración hacia las personas mayores por culpa de internet, me explico, antes las personas mayores eran consideradas sabios, consejeros y almacén de experiencias e ideas y ahora la historia queda guardada en Internet en formato texto e imagen. En ese momento quedé conforme con la explicación, incluso me pareció coherente pero la muerte de mi abuelo me desmontó aquellas palabras.

Mi Abuelo olía a tierra del campo y grasa de tractor, sus abrazos fuertes eran sentidos y sus frases únicas. El menor de diez hermanos, tenía sobrinos mayores que él, desprendía la solera de un Tío y lo jovial de un Sobrino. La Familia era lo primero y los favores no le dolían si eran para sangre de su sangre. Olivarero de nacimiento y de profesión frutero, chófer, alcalde,…y para más inri hizo servicio militar en la postguerra y a pesar de las penurias le brillaban los ojos contándote sus anécdotas de la mili, la hizo en San Fernando pero si hacia falta la había hecho en Zaragoza, Valencia o Albacete.

mili

Algún viaje hicimos con el camión y para un chaval de diez u once años era la excursión de su vida, hacer noche en la cabina y levantarte con el alba limpiándote la cara con el agua helada de una manguera, subir encima de la carga para pasar una cuerda, escuchar una saeta de cada pueblo por el que pasábamos y conducir a 60 kilómetros por hora, sin prisa, hacía de mi infancia un privilegio.

En las fiestas nos quería a todos allí, en su casa. Aún recuerdo aquel salón con  quince personas, unos rajaban, otros dormían y el resto jugaba a las cartas o veía la tele. La chimenea encendida y la cesta de “mantecaos” de Guarroman no faltaban.

Entendía a sus nietos y nos daba lo que queríamos, lo que para un padre era un peligro para mi abuelo era puro trámite. Si teníamos que ir al campo en una C15 sin asientos nos metía a seis primos en la bodega y carretera y manta. Si querías hacer una zanja en la tierra o quemar unos ramones el te daba la azada y las cerillas, sin más importancia.

¿Tenia sus fallos? Por supuesto, pero si una cosa tengo clara es que nunca juzgaría a mi Abuelo sin haber andado sus pasos, ¿Acaso yo aprendí a andar agarrado al pelaje de un perro?¿He tenido que darme baños de azufre para quitarme la sarna por dormir en establos?.

El día de su muerte no falto ni un nieto en el Tanatorio, teníamos que apoyarnos y apoyar a la Abuela, todos sabíamos que el abuelo que se nos acababa de ir se iba con un trocito de cada uno de nosotros y que era necesario fijar bien todos sus recuerdos en nuestra memoria para que nada se escapara, al fin y al cabo es lo que queda.

abuelo-nieto

Y ahí estaba yo, sentado en un sofá en una sala impersonal de un tanatorio intentando no llorar y viendo pasar la procesión de familiares y conocidos, pensando si realmente mi abuelo quería que llorásemos su muerte o hubiese preferido hacerlo de otra forma.

Aún siento rabia al proyectar mi vuelta al pueblo y no encontrarle en casa, no ver su silueta llegando tras el vidrio de la puerta para abrirnos la cerradura y celebrando a grito limpio nuestra llegada.

El respeto hacia las personas mayores se cultiva día a día, con el cariño, con los hechos, por supuesto son almacenes vivos de sabiduría pero no valen de nada sin empatía y sin cariño porque cada historia que el contaba no era una historia, era una aventura y no existirá pendrive ni álbum Hoffmann que te haga sentir nada parecido al rememorar sus recuerdos.

¿Nos haces un favor? Si te ha gustado compártelo en las redes.
Publicado en Opinión.

Zurdo ngombe

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *